11 de marzo de 2010

La Inteligencia Militar durante el enfrentamiento armado interno

Fragmentos del Libro "Las huellas de Guatemala" de Gustavo Porras Castejón


En 1984, tuve ocasión de hablar extensamente con Mario Payeras, quien hasta entonces era el segundo en la dirección del EGP, después de Rolando Morán. Payeras estaba muy metido en el estudio y análisis de las operaciones de inteligencia del Ejército guatemalteco y, a medida que fuimos profundizando sobre el tema, más me sorprendía la astucia de los militares para infiltrar al movimiento revolucionario y revertirle su estrategia.

La inteligencia operaba al contrario de la lógica común. Lo que nosotros considerábamos como lo más seguro resultaba ser lo más peligroso. El lugar donde yo me alojaba, por ejemplo, siempre se había considerado fuera de peligro. Era la casa de una familia que venía colaborando con el movimiento revolucionario desde mucho tiempo atrás. Luis Turcios y otros jefes revolucionarios se habían escondido ahí y nunca había pasado nada.

Analizando las cosas, Payeras me explicó que en la inteligencia se manejaba un principio básico: por más duro que se golpeara al movimiento revolucionario, siempre se iba a recomponer si sus líderes e ideólogos lograban subsistir. Destruirle toda su infraestructura no era conveniente, porque entonces los revolucionarios se verían obligados a construir todo de nuevo, y eso podía conducir a que la inteligencia perdiera sus pistas. Entonces, dejaban intactos ciertos lugares, para que los revolucionarios los siguieran utilizando, y así ellos no perder los hilos de la trama.

Tradicionalmente, la elite guatemalteca había considerado a los militares como tontos. Siempre los había visto de menos porque los militares, con alguna excepción, provienen de la clase media y popular. Pero esa visión despectiva y simplificada —aunque por otras razones—, también predominaba entre estudiantes, intelectuales y mucha gente más. Sin embargo, la inteligencia fue un arma decisiva del Ejército que, además, marcaba un gran contraste con la situación de la guerrilla que, hasta donde yo sé, nunca logró una información de calidad.

El Ejército, en cambio, obtenía información, la procesaba, la convertía en planes y éstos los ejecutaba, disponiendo para ello de una estructura profesional, con sistemas de mando rigurosamente definidos y verticales, donde se acatan disciplinadamente las órdenes y se tiene la capacidad y los medios de llevarlas a la práctica con agilidad.

El papel de la inteligencia no se redujo a lo operativo ni tampoco a la estrategia estrictamente militar; fue fundamental para concebir una estrategia político-militar. Por la vía armada se plantearon llegar a lo político.

Esta estrategia se expresa en tres planes de campaña sucesivos: «Victoria 82», «Firmeza 83» y «Reencuentro Institucional 84». En pocas palabras esto significaba derrotar a la guerrilla (o al menos quitarle la posibilidad de desafiar al poder del Estado), consolidar ese resultado y, luego, regresar a la institucionalidad mediante la promulgación de una nueva Constitución y la consiguiente elección de un Gobierno legítimo en un marco de apertura que, sin embargo, excluía a la guerrilla; no sólo porque esto no estaba concebido sino porque tampoco la guerrilla lo hubiera aceptado.

1 comentario:

  1. Interesante el tema. Lastima que ahora no se use para desarticular a los mareros y bandas criminales que nos tienen de rodillas en la capital, cosa que la guerrilla nunca logró. Se adquirio conocimiento de Inteligencia, pero ahora no se utiliza por los encargados de Inteligencia Civil.

    Saludos.

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