7 de junio de 2008

El soldado español de los tercios


Este es un poema del dramaturgo y poeta español Pedro Calderón de la Barca, quien nació el 17 de enero de 1600, en Madrid. En 1625 se alistó bajo las banderas del duque de Alba y estuvo en Flandes e Italia. También participó en la campaña para sofocar la rebelión de Cataluña contra la Corona en 1640. Falleció en Madrid el 25 de mayo de 1681.

A continuación el poema en letra azul.


EL SOLDADO ESPAÑOL DE LOS TERCIOS

Este ejército que ves vagó al hielo y al calor,
la república mejor y más política, es del mundo,
en que nadie espere que ser preferido pueda,
por la nobleza que hereda,
sino por la que él adquiere;
porque aquí a la sangre excede
el lugar que uno se hace;
y sin mirar cómo nace
se mira cómo procede.


Aquí la necesidad no es infamia;
Y si es honrado pobre o desnudo un soldado,
tiene mayor cualidad que el más galán y lúcido;
Porque aquí, a los que sospecho,
no adorna el vestido al pecho,
que el pecho adorna al vestido.
Y así de modestia llenos,
a los más viejos verás
tratando de ser lo más
y de aparentar lo menos

Calderón se inspira en un grupo de soldados que hacen una pausa en la batalla. Un mundo donde nadie puede ser preferido por ser hijo de alguien, sino por el prestigio ganado a costa de su propio sudor y sacrificio en la batalla. Este prestigio militar nadie ve cómo se forma, sólo se reconoce cuando ya está formado.

En esos momentos de combate las condiciones físicas son particularmente difíciles: dolor, hambre, fatiga, sed, calor y frío; en ese momento y en esas condiciones priva el espíritu de cuerpo, el valor, el honor, el sentido del deber, la unión, el coraje y la resistencia. No hay lugar por ningún lado para la deshonra y el soldado con el peor aspecto, lleva dentro el más bravo de los corajes para continuar combatiendo.

Calderón ve que los uniformes sucios por el combate, y hasta rotos, son dignificados por el corazón del soldado lleno de carácter y determinación, convencido del ideal por el cual pelea. Representa que el uniforme aunque representa la dignidad e identidad militar, no garantiza siempre el honor del hombre y su dignidad; es el individuo el que hace digno el uniforme que porta y el grado que ostenta con su calidad de militar.

Conforme un militar aumenta en su antigüedad y adquiere grado y experiencia, comprende el compromiso que tiene ante sus subalternos. Sabe que es el director del éxito que alcanzan sus hombres, pero mientras más grande es la victoria mayor es su humildad y modestia… sin decirlo sus subalternos le atribuyen el éxito del cumplimiento de la misión. Ese reconocimiento silencioso es el mayor de los premios que puede recibir un comandante.


Aquí la más principal hazaña es obedecer;
Y el modo como ha de ser: es ni pedir ni rehusar.

Aquí: la cortesía, el buen trato, la verdad, la fineza,
la lealtad, el honor, la bizarría, el crédito,
la opinión, la constancia, la paciencia,
la humildad, la obediencia, la fama,
el valor y vida…
Son el caudal de pobres soldados…
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más
que una religión de hombres honrados.

Estas letras evidencian la razón de por qué existen personas e instituciones que afirman y halagan la organización, responsabilidad, prontitud y excelencia con la que un militar cumple su trabajo. Llegan a proponer que sea un militar quien cumpla alguna función específica.

El militar fue enseñado desde su formación a cumplir su misión, apegado a la ley, con los recursos a disposición. El estoicismo que le inculcan desde sus inicios le impide exigir comodidades y necesidades básicas a sus superiores si de por medio está el cumplimiento de la misión en el marco de la Defensa Nacional.

Existe una línea muy tenue, difícil de identificar entre el estoicismo y el momento de objetar ante el supuesto abuso y arbitrariedad de un comandante; la habilidad para identificar esta línea no la dan tan solo las letras las letras, ni saber de memoria las leyes, ni haber estado solo en puestos preferenciales cerca de la opulencia y las comodidades; sino el ejercicio del comando mismo, en condiciones adversas y respaldado con el resultado de las decisiones que allí se tomaron. Aquel que no posee esta experiencia no tiene derecho a cuestionar el estoicismo de Zenón que data desde 300 A.C.

El militar digno, acumuló lo necesario para vivir dignamente al llegar su retiro; si tomó lo que no lo pertenecía, lo percibirá en los ojos de sus subalternos cada vez que los vea; pero la mayor riqueza descrita por Calderón de la Barca en el final de su poema, no cabe en otro lugar más que en el corazón de un hombre cuya satisfacción del deber cumplido le permite caminar erguido y con la frente en alto.

…id y buscad un militar retirado que regresa a buscar la palmada camarada en el hombro de sus viejos subalternos, a los dignos veréis; más los que esconden su rostro, es doble su martirio: el retiro y la vergüenza…

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