15 de febrero de 2019

Datos sobre la zona de adyacencia con Belice






15 de diciembre de 2018

Ascenso a General de Brigada




En la Brigada de Fuerzas Especiales (BFE), todos los días a las seis de la mañana, en el momento de izar la bandera gritamos: “Buenos días Guatemala, estoy presente, y pondré todo mi empeño y coraje de Kaibil en servirte mejor”.

Hoy, el Alto Mando del Ejército me ha otorgado el ascenso a General de Brigada. Al momento de recibir las insignias, una hoja de laurel en cada lado del pecho, les expresé mi compromiso a continuar con “…todo mi empeño y coraje de Kaibil…” en seguir sirviendo y esforzarme por hacerlo cada vez mejor.



En la antigüedad, una corona laurea era portada por los comandantes que regresaban a Roma luego de campañas militares, una distinción magnífica para un líder de alto nivel. Hoy, al recibir el símil convertido en grado e insignia militar, agradezco a Dios por tal distinción.

Uno de mis escritores favoritos, Dan Brown, a propósito de su última novela “Origen”, me cuestionaría si mi ascenso se debe a la gracia divina que he recibido o si fue producto de la propia “evolución” por esfuerzo profesional.

En esta misma novela, en la página 528, describe como dos científicos en los años cincuenta del siglo pasado (Miller y Urey) hicieron un famoso experimento para encontrar vida a partir de materia inerte, y claro – narra la apasionante novela – sólo lograron producir unos cuantos aminoácidos. Parte del corolario de la obra es que, ya sea la ley de la Entropía o la teoría de la dispersión de la energía, todas requieren de una fuerza superior.

Comenté el fragmento anterior de una novela para usarlo como analogía, porque estoy convencido que Dios ha dado bendición al trabajo hasta hoy realizado (Job 1:10) después de treinta y dos años de servicio.

En lo que respecta a mi propio esfuerzo, lo que logré es crear unos cuántos aminoácidos, y quienes les dieron vida, fueron mis subalternos.

Son los subalternos, los subordinados, los que toman “los aminoácidos” -- figura de la dirección del comandante --, los analizan, moldean y dan forma. Un comandante, un general, es el resultado de su propia evolución profesional, sí; pero también del producto que resulta de la eficacia y la eficiencia de los subalternos.



Mi ascenso, lo debo a mis subalternos. Mi ascenso lo dedico a mi Familia. Mi ascenso lo agradezco a Dios, quien con su bendición permitió que hallara mérito y distinción ante mis superiores (Proverbios 3:4).

Mis primeros subordinados me fueron asignados a mis trece años: Una sección de 52 adolescentes; cursábamos primero básico en el Hall Central (instituto cívico-militar en Guatemala). A partir de ese 1981, tuve diferentes unidades militares de diferentes magnitudes (tamaños por número de personas) bajo mi mando, hasta llegar al comando de una Brigada en la que recibo el grado de General.

El común denominador de mi desempeño, fueron cumplidos por parte de mis superiores, gracias a la eficacia de mis subalternos.

Dedico el ascenso a mi familia: Esposa, hijos y mis padres. El soporte del amor fraternal/familiar es el motor de todo comandante para la toma de decisiones en todos los escalones (grados de la carrera).
Son ellos la razón para querer vivir, y a la vez la inspiración en temas militares tan complejos para creer y mantener la convicción como por ejemplo la afirmación que “… si se expone a la muerte, no es porque no se ame a la vida” (fragmento del Credo Kaibil).

Un General no puede dar pasos en falso en valor, determinación, liderazgo y pasión por el servicio; sus hábitos de trabajo son ejemplo; sus convicciones y actuar en cuanto al deber marcan vidas; su honestidad determinará la dirección a seguir; y su condición ética y moral es la única que podrá guiarlo ante los peligros descritos por Sun Tzú hace más de cinco mil años en su obra “El arte de la Guerra”.

Sun Tzú (Cap 8) aconseja a los Generales a identificar el peligro cuando se está a salvo; prever el caos en tiempos de orden. Observar el peligro mientras no tenga forma. Meditar las decisiones, porque si se está dispuesto a morir, se puede perder la vida. Si se desea preservar la vida, puede ser hecho prisionero y los que reaccionan emocional o coléricamente pueden ser avergonzados (especialmente cuando los incapaces de competir generan rumores y calumnias producto de su frustración e ineptitud).

Los muy puritanos pueden ser deshonrados; los que son compasivos, pueden ser turbados. Si se deja ver en batalla, el enemigo se aprestará a defenderse. Un General se compromete hasta la muerte sin aferrarse a sobrevivir; actúa de acuerdo con los acontecimientos en forma racional y realista, sin dejarse llevar por las emociones, ni estar sujeto a quedar confundido o confundir con malas asesorías. Su acción y su no acción es cuestión de estrategia, y no puede ser complaciente ni dejarse complacer.

Ser General es un compromiso con la Patria, la población, la institución, sus subordinados, la familia y su buen nombre. Es lo que tengo por delante.

27 de septiembre de 2018

El emocionante inicio y el feliz/nostálgico retiro de una vida militar


En el ejército se les llama “personal de reemplazos” a los ciudadanos que acuden para obtener una plaza de soldado y prestar su servicio militar. En el momento que aprueban los exámenes correspondientes y los requisitos de ley, pasan a ser “reclutas” e inicia un curso básico para ser soldado, que en la tradición militar guatemalteca se le denomina “curso de tigre”.

El curso puede variar en su duración dependiendo de la misión que tiene la brigada a donde se presentan, también con la especialidad en la que se van a desempeñar. Al finalizar el entrenamiento se realiza una ceremonia en que “juran bandera”, quedando así, sujetos al fuero militar, es decir, sujetos a las leyes y los reglamentos militares.

De esta manera, un ciudadano culmina el proceso de hasta dos meses, por medio del cual, voluntariamente renunció a ciertos derechos ciudadanos como, por ejemplo: Su libertad de locomoción, pues se debe sujetar a roles de descanso, que a veces la misión exige no poder seguirlos rigurosamente, acumulando días y meses sin poder ir a casa. Su derecho de expresión ya que la Constitución demanda del soldado a ser obediente y no deliberante. El derecho de elegir y ser electo por su carácter apolítico.

Así, el soldado queda sujeto a un régimen disciplinario donde la base es la disciplina y el fiel cumplimiento de órdenes, aderezados con una serie de valores militares qué hacen del ciudadano un hombre disciplinado y de bien para su patria.

Esta tarde sorprendí al curso de Tigres de la Brigada de Fuerzas Especiales realizando sus prácticas para su graduación de mañana como soldados. En los rostros de los jóvenes soldados puede apreciarse una profunda emoción. Han sido dos meses duros, pero llenos de nuevas experiencias, un ambiente disciplinado pero agradable; ya han vivido diferentes vicisitudes en las que jamás imaginaron experimentarían a su temprana edad. El intento de sonrisa dibujada durante esa práctica evidencia la alegría de un nuevo corazón militar, sabidos que mañana pasarán bajo la bandera de Guatemala.


Esta ola de sensaciones muy militares, sólo se desarrollan al cabo de vivir como soldado en un cuartel militar. Por sus mentes desfilan esos momentos, que experimentarán en algunas horas, teniendo frente a ellos a sus superiores y sus familias. Por delante vienen veinticuatro meses de servicio, en los que pondrán de manifiesto todo su valor, coraje, abnegación, y resistencia para cumplir las diferentes misiones que les sean ordenadas.

Algunos se especializarán, optarán por hacer más tiempo de servicio, se harán fuerzas especiales; otros harán carrera militar dentro del ejército como especialistas en cualquiera de las oficinas, talleres o puntos logísticos que posee cualquier brigada militar. El Ejército de Guatemala, es una institución que recibe a los ciudadanos, los transforma y los prepara para servir a su país y para contribuir al desarrollo y seguridad cuando regresan como líderes a sus comunidades.

Casualmente, en contraste y esté mismo día, emociones muy distintas han de rebosar en el corazón militar de un hombre que luego de 30 años de servicio, se retira por haber cumplido con su deber. Y ese es el caso del Coronel de Infantería DEM Emiro Alfredo Vázquez Sánchez, quién tras dejar hasta hoy casi toda su vida calzando bota militar, por ingresar desde sus primeros años de adolescente al Instituto Adolfo V hall de Occidente, se retira con los máximos honores que un Kaibil puede hacerlo, honrándolo sus subalternos en la mística plaza Zaculeu de la Brigada de Fuerzas Especiales, lugar donde se erige una réplica del templo mayor de la plaza fuerte de Zaculeu, ubicada originalmente en Huehuetenango, ciudad que fuera el Reino y hogar del gran kaibil-balam, guerrero mam que jamás fue capturado por los españoles en 1524.


Retirarse en estas condiciones constituye, una culminación muy significativa; no precisamente para el retiro, sino para llevar en la mente y la conciencia ciudadana de que en el momento que la patria lo demande habrá que estar listo para regresar y darle al país lo que todo este conocimiento, experiencia y criterio estratégico que se produce a lo largo de los años en un militar con estas cualidades profesionales.